El calendario marca 49 años desde aquel 30 de abril de 1977, cuando un grupo de mujeres decidió comenzar a girar en ronda. Venían juntándose en iglesias, en comisarías y regimientos, en antesalas de ministerios donde solo recibían indiferencia o amenazas. Pero ese sábado, bajo el cielo de la Plaza de Mayo, la historia cambió de eje. La orden de las fuerzas de seguridad fue tajante: no podían quedarse allí quietas porque regía el estado de sitio. “Circulen”, dijeron los uniformados, con esa soberbia de quien se cree dueño del espacio público. Una de ellas, Azucena Villaflor, pidió que se pusieran en fila, una detrás de la otra, para hacer la hilera más larga, para que parecieran más de las que eran. Se tomaron del brazo y empezaron a caminar alrededor de la Pirámide. Aquella caminata se convirtió en un símbolo persistente y creativo frente al terror. En una ronda que todavía no termina.
En ese gesto de caminar juntas nació algo que los genocidas no previeron: la socialización de la maternidad. Ya no buscaban solo a la hija o el hijo propios: buscaban a todos. Cada una de ellas se hizo madre de los miles de desaparecidos. El pañuelo blanco, que nació de la necesidad de reconocerse en una peregrinación a Luján usando un pañal de tela, se volvió ícono de resistencia universal.
Celia Jinski de Korsunsky, desde Bahía Blanca, solía preguntarse de dónde sacaron el coraje, si el miedo estaba ahí. Salir de sus hogares para ir a la calle fue una decisión de supervivencia política. Aprendieron a no llorar a gritos, porque el llanto nubla el pensamiento y ellas necesitaban pensar para armar la resistencia. “Si lloro me pierdo en los laberintos y no puedo armar nada”, decía Celia. Con la fuerza de una arenga, Taty Almeida lo resume: “A pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie”. Y, si las Madres pudieron frente a semejante horror, cómo no vamos a poder nosotras, se dicen otras madres, con nuevas luchas, siempre colectivas.
Hoy esa herencia no es una pieza de museo. El legado de las Madres habita en los jóvenes que llenan los espacios de memoria, en quienes sostienen los juicios de lesa humanidad y en cada jueves de ronda. Pero también se manifiesta con potencia vital en otros sectores que se encuentran bajo amenaza. Son las madres de hijos con discapacidad las que salen a la calle a luchar contra la privación de derechos.
Las aguas siguen bajando turbias, pero las madres salen a sanar espaldas, abrazar hijas e hijos y girar en las plazas para luchar por los derechos.
Fuente: Página 12













