El año 1951 no solo tendría la novedad de la mitad de la población –las mujeres– que votarían por primera vez en una elección nacional, también sería la primera vez que iban a poder ser candidatas a ocupar cargos públicos. La figura de Eva Perón, entonces, era insoslayable.
Las elecciones estaban previstas para el 11 de noviembre de ese año. Durante cada uno de los grandes actos públicos del peronismo, su nombre sonaba de manera insistente: el 1° de mayo, el 25 de mayo, el 4 de junio. Se convertiría, tal vez, en el acto de discusión de conformación de una lista más público y callejero que jamás ha existido en el país.
Pero faltaba mucho tiempo y la candidatura de Eva enfrentaba dos obstáculos. El primero era la oposición de las Fuerzas Armadas para quienes una candidatura femenina a la vicepresidencia resultaba una afrenta. El segundo obstáculo era la propia Eva y, específicamente, su salud. Aunque todavía no tenía un diagnóstico –era un cáncer, que la llevaría a la muerte menos de un año después– sabía que estaba enferma. Pero no frenaba. Y la CGT tampoco.
Convocado por la máxima organización sindical del país, la Confederación General del Trabajo (CGT), se celebraría el 22 de agosto el Cabildo Abierto del Justicialismo, para promover su candidatura y contaría además con la presencia de Juan y Eva Perón. Nunca mejor descrito en su título un acto político. Se trató, efectivamente, de un cabildo abierto. Una discusión pública y abierta entre representantes y representados.
–Pero yo les digo que así como hace cinco años dije que prefería ser Evita antes que la esposa del presidente si esa Evita servía para aliviar algún dolor en mi Patria, hoy digo que prefiero ser Evita, porque siendo Evita yo sé que ustedes siempre me llevarán muy dentro de su corazón.
Pese a los murmullos, Eva continúa. Que en su plenipotencia espiritual que le dan los descamisados lo proclama al general Perón, incluso antes de que el pueblo vote el próximo 11 de noviembre, presidente de los argentinos. Todo ocurre ahí, en vivo, frente a dos millones de personas que no miran pasivamente. Eva vuelve a tomar el micrófono. A su lado está Perón.
–Yo les pido cuatro días para pensar la decisión. Pero la multitud se niega y responde con la convocatoria a un paro. Eva replica entonces con dos frases. Una ha sido muy conocida: que renuncia a los honores pero no a la lucha. Pero dice también otra cosa inmediatamente: “Yo me guardo, como Alejandro, la esperanza, que es la gloria de servirlos a ustedes y al general Perón”.
El 31 de agosto siguiente cuando, a las 20.30 hs., por cadena nacional de radiodifusión, se difundió un mensaje que Eva había grabado ese mediodía. “Compañeros –comenzaba– quiero comunicar al pueblo argentino mi decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con el que los trabajadores y el pueblo de mi patria quisieron honrarme en el histórico Cabildo Abierto del 22 de agosto”.
Ahora sin diálogo con el pueblo. Solo la voz grave y pausada de Eva. Decía que la decisión surgía de lo más íntimo de su conciencia, que era una decisión libre y fruto de la fuerza de su voluntad definitiva. Que no tenía más ambiciones personales que una: que se dijera, cuando se escribiese el capítulo de la historia sobre Perón, que hubo al lado una mujer que se dedicó a llevarle las esperanzas del pueblo. La decisión –finalizaba– era irrevocable. Había sido presentada ante el Consejo Superior del Partido Peronista, en presencia del general Perón.
El episodio se convirtió en parte fundante de la historia del peronismo. Al permitirle a Perón descomprimir la situación con su renuncia, había hecho una contribución invaluable. Puesta a decidir entre su destino personal y el del conjunto, había optado por este último. Al día siguiente del anuncio, la CGT pidió que el 31 de agosto se recordara como el Día del Renunciamiento.
Fuente: Cenital












